jueves, 17 de septiembre de 2009

Mis pasos por el carnaval

Será que estoy perdiendo el juicio.

Pero desde el momento en que te vi a los ojos, pensé que tú y yo deberíamos estar juntos. No lo supe; sólo lo pensé.

De hecho, dedico gran parte del tiempo que estoy despierto a eso: a pensar.

(En ti).

Y entre más pienso, más enloquezco.

(Por ti).

Sé que no tiene sentido, que ni siquiera está bien fundamentado por argumentos lógicos y sensatos.
Pero de eso se trata, ¿qué no? De seguir al corazón. ¿Cuándo el corazón ha dado razones válidas?

¡Y no me importan las razones! La verdad es que quiero estar contigo porque:
  • Nos vemos divinos juntos.
  • Eres bien raro.
  • Serías muy feliz.
  • Me harías muy feliz.
  • Nos vemos guapísimos con lentes. (Mucho más intelectuales).
  • Puedo imaginarnos tirados en mi colchón, viendo una película, comiendo palomitas.
  • O abrazados en la biblioteca de la escuela.
  • O dormidos en el pasto secreto.
  • O fajando en los baños.
  • Somos muy diferentes.
  • Nos divertiríamos muchísimo.
  • Nos hartaríamos también.
  • Y nos pelearíamos todo el tiempo.
  • Y no nos importaría porque nos adoraríamos de todos modos.

Y puedo decir mil razones más. O pude no haber dicho ninguna.

No estoy enamorado de ti.

¡Pero quiero estar contigo, besarte, pelearnos, arreglarnos, jugar juntos, hacerte cosquillas, mandarte mensajes que nadie más conozca, correr, tropezarme, levantarme, darme en la madre y volar!

Pero contigo.

¿Qué pasará si, sólo por esta vez, lo arriesgo todo?
¿Qué pasará si decido no quedarme con el hubiera?

O tal vez sólo estoy perdiendo el juicio.